Restaurando la verdad histórica sobre las raíces hebreas
En el principio, no existía el "cristianismo" como religión independiente. Los seguidores de Yeshúa (ישוע) eran conocidos como los del Camino (HaDerej).
El movimiento conocido como "mesianismo" surgió en el siglo I dentro de las comunidades judías. Aquellos primeros seguidores eran judíos devotos de la Torá, que mantenían sus prácticas tradicionales (como el Shabat, las festividades bíblicas y las leyes dietéticas), pero creían que Yeshúa era el Mesías prometido en las Escrituras hebreas. No se consideraban parte de una religión distinta, sino judíos que veían en Yeshúa el cumplimiento de las profecías mesiánicas. En ese contexto, el mesianismo no era aún separado del judaísmo, sino una corriente interna.
En sus inicios, los seguidores de Yeshúa eran vistos como una corriente o secta dentro del judaísmo. Formaban parte del entramado judío y no se veían como una fe aparte. De hecho, seguían yendo a las sinagogas, participaban en el Templo y eran reconocidos como judíos, aunque con la peculiaridad de su fe en Yeshúa como el Mesías. La separación entre lo que hoy conocemos como cristianismo y judaísmo se fue dando gradualmente en los siglos posteriores.
El término "cristianos" fue usado por primera vez en Antioquía (Hechos 11:26) por quienes observaban a estos judíos creyentes en Yeshúa. Sin embargo, en ese momento, no existía una estructura religiosa separada. La identidad religiosa distinta, con instituciones ya ajenas al judaísmo, fue un proceso que se desarrolló con el tiempo, consolidándose ya en los siglos II y III, cuando la nueva fe, el cristianismo, comenzó a tener una identidad y estructura propias, separadas del judaísmo.
La separación se dio por varios factores. Con el tiempo, muchos gentiles comenzaron a unirse a la fe en Yeshúa sin adoptar todas las prácticas judías. Esto creó tensiones entre las comunidades. Además, tras la destrucción del Templo en el año 70 d.C., el judaísmo reorganizó su identidad en torno a la Torá y la tradición rabínica, mientras que los creyentes en Yeshúa desarrollaron estructuras, líderes y prácticas propias. Con los siglos, las diferencias teológicas y culturales consolidaron al cristianismo como una religión distinta.
El cristianismo se consolidó institucionalmente en el siglo IV, especialmente bajo el emperador Constantino. Con el Edicto de Milán en el año 313, se puso fin a las persecuciones y se dio libertad de culto. Luego, con el Concilio de Nicea en 325 y el apoyo imperial, el cristianismo no solo se estructuró, sino que, a finales del siglo, se convirtió en la religión dominante del Imperio romano.
Es un hecho histórico que, al principio, los seguidores de Yeshúa, siendo parte del entramado judío, fueron perseguidos tanto por autoridades judías como por los romanos. Sin embargo, cuando el cristianismo se institucionalizó, se apartó de sus raíces judías. Lamentablemente, en los siglos posteriores, el cristianismo, ya vinculado al poder imperial, adoptó actitudes persecutorias, incluso contra comunidades judías, y en ocasiones también contra grupos considerados heréticos. Es un giro histórico que muchos estudian con dolor, pues el mensaje original de Yeshúa fue de amor y no de coerción.
Yeshúa (Jesús) fue un judío que vivió en la tierra de Israel, habló hebreo y arameo, y enseñó dentro del marco de la Torá. Sus primeros discípulos también eran judíos observantes. El mensaje del Reino estaba profundamente enraizado en las promesas hechas a los patriarcas, en la Ley (Torá) y en los Profetas.
Con la predicación de Pablo (Shaúl), el mensaje del Mesías comenzó a llegar a las naciones (gentiles). Esto fue parte del plan divino: que Israel fuera luz a las naciones (Isaías 49:6). Pero este proceso tuvo consecuencias culturales y teológicas inesperadas.
La cultura dominante en el Imperio Romano era profundamente influenciada por la filosofía griega (Platonismo, estoicismo, gnosticismo, etc.). A medida que más gentiles se unían al movimiento, muchos lo interpretaron desde su propio contexto cultural:
Dualismo griego: Cuerpo vs. alma, material vs. espiritual. Esto distorsionó la visión hebrea unificada del ser humano y del mundo.
Deshebraización del Mesías: Se empezó a ver a Jesús más como una figura mística o filosófica universal y no como el Mesías de Israel.
Desconexión de la Torá: Se promovió la idea de que la Ley de Moisés era “pasada” o “superada”, algo que Yeshúa nunca enseñó (Mateo 5:17-19).
Nacimiento del concepto de Trinidad al estilo griego, que muchas veces confundía la relación entre el Padre y el Hijo con categorías filosóficas no bíblicas.
La organización jerárquica y estructurada del derecho romano también influyó. Se pasó de comunidades locales con liderazgo plural a estructuras centralizadas (como el obispo de Roma).
Esto sentó las bases para el surgimiento de la Iglesia institucionalizada y la pérdida del carácter orgánico, judío y comunitario del mensaje original.
Antisemitismo teológico: Se comenzó a enseñar que “la Iglesia reemplazó a Israel” (teología del reemplazo).
Desvinculación del calendario bíblico: Se abandonaron las fiestas del Eterno (Levítico 23) y se sustituyeron por festividades paganas cristianizadas (como la Navidad y la Pascua romana).
Persecución de los creyentes judíos: Los primeros discípulos mesiánicos fueron marginados, perseguidos y borrados de la historia oficial.
El movimiento mesiánico moderno busca restaurar esa conexión original:
Volver a la raíz hebrea de la fe.
Honrar la Torá como guía de vida (no como medio de salvación, que es solo por gracia).
Reconocer a Yeshúa como el Mesías de Israel y el Salvador de toda la humanidad.
Celebrar las fiestas bíblicas y entender las Escrituras desde su contexto hebreo original.
“Si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado en lugar de ellas y has sido hecho participante de la raíz y de la rica savia del olivo, no te jactes contra las ramas.”
Aquí, Shaúl nos recuerda que los creyentes gentiles son injertados en el olivo de Israel, no en otro árbol. ¡La raíz es hebrea!
A medida que el mensaje se extendió a los gentiles, la filosofía griega y el derecho romano comenzaron a moldear la fe, alejándola de su raíz hebrea.
| Concepto Original (Hebreo) | Concepto Adaptado (Grecorromano) |
|---|---|
| Yeshúa (Salvación de YHVH) | Iesous / Jesús |
| Mashíaj (Ungido) | Christos (Cristo) |
| Shabat (Séptimo día) | Dies Solis (Domingo) |
| Pésaj (Liberación) | Pascua Florida / Easter |
Bajo el emperador Constantino, el movimiento pasó de ser una fe perseguida a ser la Religión del Estado. Aquí nació el cristianismo institucional:
"No tengamos nada en común con esa chusma hostil de los judíos."
🏛️ ¿Qué dijo realmente Constantino?
La cita “No tengamos nada en común con esa chusma hostil de los judíos” es una paráfrasis atribuida al emperador Constantino tras el Concilio de Nicea (325 d.C.). Aunque no se encuentra en esos términos exactos en los documentos oficiales, refleja fielmente el tono de sus declaraciones.
📜 Fragmento auténtico de la carta de Constantino
En su carta posterior al Concilio, registrada por Eusebio de Cesarea (*Vita Constantini*, Libro 3, capítulo 18), Constantino escribió:
“Nos pareció impropio celebrar esta fiesta santísima siguiendo la costumbre de los judíos, que han profanado sus manos con un crimen enorme, y son, por tanto, merecidamente ciegos de espíritu... No sigamos más su cómputo ni su forma. Ellos, que en verdad han dejado de tener derecho alguno a su propio modo de ver, por haber cometido tan gran pecado. Por tanto, no tengamos nada en común con ese pueblo odioso.”
🔥 Consecuencias de esta postura
1. Desvinculación del calendario bíblico
El Concilio de Nicea ordenó celebrar la Pascua cristiana (Easter) en una fecha diferente a la del Pesaj judío, rompiendo así la conexión profética entre el sacrificio de Yeshúa y el éxodo de Egipto.
2. Legalización del antisemitismo eclesiástico
Las palabras de Constantino impulsaron siglos de teología del reemplazo, promoviendo odio institucionalizado contra el pueblo judío y marginando a los creyentes judíos en Yeshúa.
3. Pérdida de la identidad mesiánica original
Se consolidó la idea de que seguir a Yeshúa significaba abandonar el judaísmo, a pesar de que los primeros discípulos eran judíos observantes que veían en Él al Mesías prometido por la Torá y los Profetas.
✡️ Reflexión desde las Escrituras
Yeshúa mismo dijo:
“La salvación viene de los judíos” (Juan 4:22)
Y el apóstol Pablo escribió:
“¿Qué ventaja tiene, pues, el judío?... Mucha, en todos sentidos. Primero, ciertamente, que les ha sido confiada la palabra de Dios” (Romanos 3:1-2)
El rechazo de las raíces hebreas no fue una inspiración divina, sino una estrategia política para desvincular la fe del pueblo de Israel y asimilarla al Imperio Romano.
✅ Conclusión
La cita atribuida a Constantino refleja su política real: romper los lazos con Israel y con las raíces hebreas del Evangelio. Este fue un punto de inflexión donde el mensaje mesiánico original fue sustituido por una versión imperial, alejándose del corazón del plan de redención bíblico.
En este periodo, los Nazarenos originales comenzaron a ser perseguidos por la nueva Iglesia Imperial. Estos creyentes eran judíos seguidores de Yeshúa que continuaban guardando la Torá, el Shabat, y las Fiestas del Eterno, reconociendo a Yeshúa como el Mesías prometido.
Sin embargo, con la consolidación del cristianismo como religión oficial del Imperio Romano, se comenzaron a imponer medidas que buscaban desvincular completamente la fe de sus raíces hebreas.
Se prohibió la observancia del Shabat bíblico (sábado), considerándolo una práctica “judaizante”. En su lugar, se oficializó el domingo como día de culto obligatorio, en honor al “Día del Sol” (Sol Invictus), una práctica ya común en el paganismo romano.
Se promovió ampliamente la Teología del Reemplazo, que enseña que “la Iglesia” ha sustituido a Israel como el pueblo de Dios. Esta doctrina fue usada para justificar la marginación del pueblo judío y la erradicación de todo elemento hebreo del mensaje del Evangelio.
Los creyentes judíos en Yeshúa fueron obligados a escoger entre su identidad bíblica y las exigencias del nuevo orden imperial. Muchos fueron perseguidos, expulsados o incluso asesinados por permanecer fieles a la fe original transmitida por los apóstoles.
Aunque en el siglo XVI Martín Lutero se rebeló contra el Papa y denunció muchos abusos del catolicismo romano, el protestantismo heredó los cimientos fundamentales de Roma.
En lugar de volver a las raíces hebreas de la fe, simplemente reestructuraron parte de la institución, sin restaurar el modelo bíblico original.
Mantuvieron el calendario solar romano, abandonando el calendario bíblico basado en las lunas y las estaciones como se ordena en la Torá (Génesis 1:14, Levítico 23).
Conservaron la sustitución del Shabat por el Domingo, perpetuando una ruptura con el cuarto mandamiento (Éxodo 20:8-11).
Continuaron con la hostilidad teológica hacia las raíces judías de la fe, muchas veces replicando los prejuicios de la Iglesia imperial contra Israel.
El resultado fue una reforma de la institución, pero no una restauración del origen. El modelo de los primeros discípulos —hebreo, mesiánico, torático y centrado en Yeshúa como cumplimiento profético— no fue recuperado.
La historia de la fe en el Mesías ha pasado por profundas transformaciones, desde sus raíces hebreas hasta su institucionalización bajo Roma, y posteriormente su reforma parcial en la era protestante. Sin embargo, el llamado actual no es simplemente a reformar estructuras, sino a restaurar la esencia original del mensaje del Reino.
Esto implica volver al entendimiento de que Yeshúa no vino a fundar una nueva religión, sino a cumplir lo que fue prometido a los patriarcas de Israel. La fe bíblica es una continuidad del pacto, no un reemplazo.
Volver a las raíces es:
Reconocer a Yeshúa como el Mesías de Israel, no de una religión extranjera.
Honrar la Torá como guía de vida, no como carga legalista.
Restaurar el Shabat y las fiestas bíblicas como citas eternas con el Creador.
Rechazar el antisemitismo teológico y abrazar la verdad de que la salvación viene de los judíos (Juan 4:22).
El regreso a las raíces no es una moda ni una nostalgia cultural, sino un acto profético que prepara al pueblo de Dios para la segunda venida del Mesías. Como está escrito:
“En los postreros tiempos acontecerá que el monte de la casa del Eterno será establecido como cabeza de los montes... porque de Sion saldrá la Torá, y de Jerusalén la palabra del Eterno” (Isaías 2:2-3).
Hoy, más que nunca, el Espíritu está llamando a una generación a salir de Babilonia religiosa y a volver al camino antiguo, donde habita la verdad (Jeremías 6:16).